Educación sexual en la adolescencia

Educar proviene del latín educare, educere se divide en ex (fuera de) y ducere (guiar).
Las formas existentes de abordar el tema de la sexualidad suelen estar determinadas, consciente o inconscientemente, por creencias religiosas, preceptos sociales y culturales, históricos y políticos. De acuerdo con el concepto e idea que tengamos sobre el cuerpo, nuestro cuerpo, nos ubicamos de diferente modo en las relaciones con los otros. El filósofo Baruch Spinoza, pensador de la era moderna, será uno de los primeros en ocuparse de pensar que «el cuerpo y el alma son una y la misma cosa» y al expresarlo rompe con la presunción clásica de pensar que hay una oposición entre cuerpo y alma. El cuerpo es tan constitutivo de lo humano como el alma.
Los aportes del psicoanálisis y su creador Sigmund Freud; nos permitió descubrir que una persona no accede a la sexualidad, sino que es constitutiva del sujeto desde su nacimiento. El descubrimiento de la sexualidad infantil fue históricamente y lo sigue siendo en la actualidad, fuente de interrogantes, temores, ansiedades. La masturbación o la exploración del propio cuerpo en la niñez, la pregunta acerca de la diferencia entre los sexos, las teorías infantiles sobre el origen, las fantasías concomitantes son un ejemplo de las llamadas por Freud “teorías sexuales infantiles”.
Hablar acerca de sexualidad no es definir un concepto general que se pueda aplicar de forma universal. El conocimiento biológico que es fundamental para tener información e impulsar el conocimiento, no implica por sí solo comprensión y apropiación, sino que requiere de una transmisión significativa para la cual hace falta del otro adulto. Sera entonces, en la singularidad de cada uno y su contexto que podremos acceder a un conocimiento sobre el cuerpo y el alma que nos habita como sujetos únicos que somos.
El final de la niñez inaugura la llegada de un tiempo que exige un trabajo subjetivo importante y es la adolescencia. Surgen conflictos relacionados a la sexualidad, intereses que se contraponen al deseo de los padres o a aquello establecido normativamente.
La obra del dramaturgo Frank Wedekind (Alemania, siglo XIX), “El Despertar de la primavera”, desde su estreno a fines del Siglo XIX hasta su galardonada adaptación para el musical de Broadway, puso al descubierto el abandono de la infancia y el acceso a la adolescencia. Sus personajes son controversiales: Melchor por ejemplo, que vive atormentado por su ignorancia respecto de la sexualidad; Wanda, la protagonista femenina, que instiga a su madre acerca de los secretos de la concepción y el mundo de los adultos; Mauricio, sometido a una inmensa presión para alcanzar el nivel de un alumno aplicado, aprobar sus exámenes y mantener su lugar en el Liceo; Martha, quien no puede escapar de los abusos físicos de su padre…
El descubrimiento de las pasiones y las presiones de la adultez, el despertar sexual y la exploración del deseo, hicieron de la obra de Wedekind un terreno fértil en el siglo XIX, para reflexionar sobre el final de la niñez y el inicio de la adolescencia.

Tiempo de interrogantes, inquietudes e inseguridades acerca del propio cuerpo, de las relaciones con los otros y con los objetos del entorno. La tecnología, el consumo de imágenes, de sustancias, de alimentos o de todo objeto que conlleve una relación, puede tornarse problemática para el ahora adolescente, que tiende a cuestionar y cuestionarse sobre su existencia y la del mundo circundante.
Por ejemplo, la imagen que se tiene de sí mismo en ocasiones no se ajusta al ideal socialmente establecido y eso provoca una crisis de identidad. En otras ocasiones los conflictos provienen de que no es posible el encuentro con otros. Entendiendo que la imposibilidad del encuentro, por diferentes razones, es lo que provoca sufrimiento. También los ideales que provienen de los adultos, acerca de cómo debiera ser o qué debiera hacer su hijo/a/e, generan controversias y confunden el decir y el deseo propio.
Aquí, el espacio terapéutico es propicio para escucharse y decidir de forma singular.
Transmitir y educar acerca de la sexualidad puede ser un desafío para interrogarnos acerca de nuestra historia personal, así como sobre aquellos preceptos sociales que la época en que vivimos impone.

Laura Caparra